RSE: CABEZA Y CORAZÓN

24 de octubre de 2016

 

 

La vida de cualquier ser humano trascurre de manera natural entre el comportamiento racional y la capacidad para que la cabeza conceda un espacio a acciones, aparentemente menos beneficiosas, pero más satisfactorias.


La Responsabilidad Social de las Empresas, concebida inicialmente como obligación moral ante un nuevo marco económico; capaz de navegar entre coordenadas intangibles; y con riesgo evidente de convertirse en una moda más, al estilo de cualquier ranking de carácter productivo o reputacional, supone la búsqueda de un equilibrio similar de balance económico y víscera.


En pleno siglo XXI el ecosistema  que gira alrededor de la economía productiva no espera que las compañías tengan un programa de RSE. Se espera que sean responsables. La responsabilidad no es  un nuevo elemento de disrupción empresarial que va a orientar las preferencias del cliente o va a colaborar en la consecución de un mundo más sostenible.


La Responsabilidad Social Empresarial es la consecuencia de un profundo cambio cultural, tras un duro período de aprendizaje en el que la cabeza no se paró a escuchar al corazón; y cometió fallos que derivaron no sólo en un proceso de crisis económica, también medio ambiental y de valores.


Afortunadamente las empresas están compuestas por personas, y de las equivocaciones y las malas experiencias surge un aprendizaje inteligente y una resituación hacia otra dirección más acertada, y con rasgos de codicia moderada. Las compañías actuales han tornado  hacia la consecución de  un nuevo y mejor mundo al que se pretende dejar una huella, y del que sentirnos orgullosos que hereden las siguientes generaciones.


Contamos además con las capacidades de las nuevas tecnologías, capaces de extender esa huella a nivel global y de construir un mundo mejor. Y tenemos además datos que apoyan que la cooperación al desarrollo desde los ámbitos público y privado ha contribuido en los últimos diez años a que 700 millones de personas de los países emergentes abandonen la pobreza extrema.


 La Responsabilidad Social no es en este momento una herramienta más de marketing, envuelta en cosmética vana y poco traducible a nuestro día a día. Es la clave de la construcción futura, es la necesidad, y  no por imperativo moral, de poner en valor el corazón y no sólo la cabeza. Es la medida real de indicadores intangibles, expresados en un balance y con sentido ético y de progreso.


Es el momento de que la alta dirección se involucre definitivamente y sea capaz de establecer una clara estrategia responsable capaz de aportar valor a la sociedad. El liderazgo no es otra cosa que la generación de confianza. La confianza en las “intenciones”, en la cabeza del líder pero también en su corazón, es lo que, sin duda,  mide el compromiso. La consecuencia del compromiso, un buen trabajo, y con ello  un excelente producto o  un innovador servicio  que incida cualitativamente en la vida de las personas.


Probablemente las empresas ya han dado el salto imprescindible para retomar una conciencia de responsabilidad al lado de los problemas que realmente es necesario resolver, porque amenazan el futuro.  Vivimos un nuevo presente y formar parte de esta sociedad requiere adaptación.


Las reinvención ya no es una posibilidad, sino una necesidad. Cuando las piezas encajen, cuando las decisiones sean tomadas de forma consensuada y empresas y ciudadanos compartan iguales valores, la propia estrategia generará de forma intrínseca un movimiento responsable. Una manera de actuar en beneficio de la sociedad en general y del entorno.


Actualicemos desde un renovado punto de vista trabajar con la cabeza, con las personas en el corazón. “Empecemos a hacer lo que sea necesario, luego lo que sea posible y terminaremos por hacer cosas imposibles” San Francisco de Asís.

INGENIO DIVULGATIVO: COMUNICACIÓN VÍA MEMES

26 de septiembre de 2016

 

 

Según estadísticas de última hora, relativamente científicas y probablemente acertadas, consultamos el móvil (inteligente, eso sí), una media de 185 veces al día.


Hemos desarrollado un hábito tendente a la adicción, con una recompensa clara que es la inmediata satisfacción de saberse informado, miembro de una comunidad, leído y respondido; en definitiva acompañado por una sociedad virtual de amigos-conocidos-progenitores de  la comunidad escolar-equipos deportivos-compañeros de empresa y primos hermanos.


A pesar de las quejas, la necesidad de silenciar grupos, de atribular la memoria del “chisme” con apps nunca usadas y la esclavitud digital en su conjunto: nos gusta.


Adoramos estar comunicados, sentirnos al otro lado de la nada con una acumulación de conocimiento feroz y certera. Nos encanta saber y qué sepan de nosotros; y lo más importante, creemos en el ingenio divulgativo.


La creatividad del homo sapiens tiene hoy su máxima expresión en la capacidad de crear memes ipso facto. El instante mismo de la noticia llega acompañado de interpretaciones gráficas ocurrentes, llenas de humor. Una suerte de infografías-chiste acude en aluvión a nuestra pantalla. Y la mayoría de las veces ( y en mi caso siempre) desconocemos la identidad del autor. Vienen sin firmar.


Reivindico la firma de esos memes, algunos grandiosos, por hacernos sonreir un segundo. Quizá no son una fuente de comunicación fiable y objetivo, pero muestran un ingenio vivo y capaz. 


Al igual que los monumentos al “soldado desconocido” el reconocimiento a la labor del “hacedor” de memes anónimo es su viralización: inmediata, común, a todos nuestros grupos. Para ser los primeros, para que la cadena de las 185 visualizaciones no se rompa, y la cadencia continúe.

CON SENTIDO COMÚN(ICACIÓN)

30 de agosto de 2016

Objetivo prioritario de este blog, al que están invitados todos aquellos que tengan algo interesante, curioso y divertido que gritarle al mundo; porque eso es comunicar. Y es lo único  que pretendemos. Se trata de transmitir una idea que si no nos mejora cualitativamente la vida, al menos nos haga pensar; y sonreir. Emme Erre es anfitriona y partidaria de la economía colaborativa. De la suma de ideas ordinarias que generen un blog extraordinario. 


Gracias, prueba superada.


Escueta y sencillamente, gracias

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Cuando Eme Erre acaba de traspasar su primera frontera temporal, un año. Cuando al igual que cualquier persona, esa es la edad de echarse a andar definitivamente, de abandonar los miedos a las caídas, a los picos de las mesas, a los escalones inoportunos y a los cambios de rasante. Es tiempo de dejar de igual manera atrás el temor al fracaso, a la inseguridad el trabajo autónomo, a las inclemencias fiscales, a las trabas administrativas y a las dudas constantes.


Avanzamos paso a paso firmemente convencidos de que tras los primeros meses de aprendizaje vital, ahora es tiempo de seguir la marcha. Firme y marcial, en fase preparatoria de maratón; buscando los éxitos y aprendiendo de los fracasos.


No lo hemos hecho solos, sino con entrenadores personales de excepción, nuestros clientes. Grandes personas e inconscientes profesionales que han dejado en manos de unos “recién nacidos” su estrategia de comunicación; y juntos hemos aprendido, y crecido. Y también tomado alguna caña.
Y cómo no señalar a los árbitros, piezas principales del puzle que pretendemos construir, sin ellos, sin los  periodistas (cómo me gusta esa palabra) que construyen día a día la información, no hubiéramos durado ni un mes de pie. Ellos son la clave, la permanente orientación y el mejor termómetro para guiarnos con lógica y objetividad. Para no despeñarnos por la senda del absurdo.


En definitiva, gracias por la confianza construida, tripartita y eficiente.


A este primer post sucederán otros. Hablaremos de modelos de negocio, de startups, de medios tradicionales, de trasformación digital, contenidos y nuevos modelos, y, cómo no, de comunicación. De nuestra pasión por el papel; y la adaptación al mundo on line que es  el de todos.
De la transformación digital como  frase hecha y de  la realidad. 


De la necesidad  de construir relaciones sólidas; la importancia de los datos; la imperante actualidad política y económica. Hablaremos de todo.


Hoy sólo un gracias. Suficiente, necesario y sobre todo sincero.

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